Dos chaquetas

“No se preocupe. Después de todo, de lo que se va a hablar es de la ropa que usted y yo llevamos”. Sonrisas de complicidad. Intuición femenina. Picaresca. Cuentan fuentes cercanas a la Comisión Europea que en una entrevista de hace algunos años hubo una comisaria que impactó a la periodista por un detalle de su vestimenta. Dos chaquetas –diferentes en el estilo, colores opuestos– son las que portaba aquella prestigiosa política en el equipaje, a fin de intercambiarlas y no desentonar con el atuendo de la entrevistadora –ante la atenta mirada de los flashes, las cámaras y millones de ciudadanos europeos–. Un gesto de coquetería, también de estrategia, que alegoriza el eterno debate inherente a las mujeres que se dedican a la alta política, sobre el papel que deben ocupar frente al poder e institucionalmente, en lo que la representación numéricarol de actuación y aspecto respecta.

Dijo la candidata republicana, Carly Fiorina, en el último debate del GOP que “las mujeres no son un grupo de interés especial. Son el grupo mayoritario” –generalmente, la mitad de la pirámide demográfica–. Precisamente, ese planteamiento ha guiado la existencia de cuotas en los parlamentos y las listas de algunos partidos que utilizan dicho sistema, bajo la máxima de garantizar una representación justa –pues siempre existirá proporcionalmente una mujer igual de válida que un hombre para ocupar determinada posición, generando asimismo un efecto ejemplificador para el conjunto de la sociedad–. Verdades a parte, hoy como ayer, no es a la tiranía de un número equitativo a lo que debería aspirar en última instancia la mujer dedicada la alta política en el siglo XXI.

Existe otra opción –otra chaqueta, aunque combine menos– que se destila de las palabras de la filósofa Simone de Beauvoir en su sentencia “sólo después de que las mujeres empiezan a sentirse en esta tierra como en su casa, se ve aparecer una Rosa Luxemburgo, una madame Curie. Ellas demuestran deslumbrantemente que no es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia”.

De la tiranía de lo numérico

La tela tapa. Aunque también enseña vergüenzas, por lo no sería conveniente elegir una que cubra lo que la génesis de una mujer de la alta política esconde, entre la multiplicidad de tejidos y texturas existentes. Resaltan entre los cercos de poder de primera línea una amplia gama de casos de éxito que evidencian la genuinidad de aquellas féminas que han logrado hacerse un sitio en una arena dominada por lo masculino. Es en el estudio de sus biografías donde hallar causas y variables de su ascenso, extrapolables a la elaboración de políticas públicas efectivas, relegando las cuotas a la calidad de medidas transitorias –aplicables en un primer estadio– pero no en el paliativo social –escudo perpetuo– en que los gobiernos se refugian sistemáticamente ante su inoperancia en cuestiones de calado. Porque es en los temas tabú –educación sexual, estereotipos de moda, leyes de aborto, conciliación familiar– donde están los hilos capaces de corregir una serie de carencias que condicionan al total del género, y no sólo a la mujer que da la cara políticamente.

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De lo contrario, se corre el riesgo de caer en la tiranía de lo cuantitativo, de la chaqueta que todo lo cubre y la cuota que embellece patrones donde la desventaja de lo femenino aún es patente, adormeciendo así a una población que cree avanzar socialmente de forma ficticia –incluso, a sabiendas que muchas políticas son económicamente poco representativas de la totalidad del género–. Así, se muestra insuficiente actuar sobre los productos del proceso, es decir, las desigualdades numéricas en listas y parlamentos, sin conocer los riesgos tramposos de camuflar un engranaje de raíces más profundas.

Porque no es tan ejemplificante el poder adquisitivo de Dilma Rousseff, pero sí la condición humilde de una Golda Meir; aunque más aún, la forma cómo la primera llegó a ser la presidenta del país más poderoso de Latinoamérica, y la segunda contribuyó a la creación del Estado de Israel, ante la dominación de marcos mentales sexistas, a los que se sobreponen triunfalmente aquellas mujeres que ascienden a las altas esferas de poder.

De la crueldad de lo estético

“Yo encuentro interesante el hecho de que la mujer, cuando ella ejerce un cargo con alguna autoridad, siempre es tachada de dura, rígida, dama de hierro o cualquier cosa similar. Y yo encuentro eso, de hecho, un estereotipo. Es un patrón, una camisa de fuerza que intentan encuadrar en nosotras, mujeres” Dilma Rousseff.

Las chaquetas no sólo son una anecdótica metáfora sobre las dos formas de abordar la desigualdad política de género. A menudo son literales, en referencia a la estética que la Mujer de Estado pasea por las altas esferas de negociación donde se codea. Un escenario donde la pretendida necesidad de equipararlo todo –hasta la ropa y los modales– se ha convertido en una horca que asfixia cualquier atisbo de diferencia preexistente; incluso, por parte de aquellos que en aras de la defensa de la integridad moral parecen ver machismos donde sólo hay reminiscencias de feminidad. Pero la solución nunca debe pasar por caminar con irritación ante cualquier comentario referente a la belleza o la sensualidad; mucho menos, por anular cualquier atisbo de biológica diferencia. Se incurre entonces en grotescos procesos de androgeneización que anulan la propia condición de género para evitar el escándalo –cual penitencia, por ser una mujer exitosa que dirige la República Federal de Alemania, o marca indirectamente las directrices que sigue la Unión Europea–.

Reluce entonces en las perlas de una Christine Lagarde, o en la falda de Kolinda Grabar-Kitarovik que la elegancia y la imagen femenina no debe estar reñida más con cuestionamientos a la competencia o la inteligencia. Tampoco el tipo de poder, estando el femenino más relacionado con la comprensión, la empatía y el diálogo –atributos menos valorados en política, aunque igualmente importantes– que destacan en la resolución de conflictos y procesos de paz. Si bien, sería un estereotipo considerar que no existen mujeres con rasgos inherentes y combativos, como Margaret Thatcher, o Condoleezza Rice, con guerras o políticas de corte menos social a sus espaldas. Lo que se denuncia –a todas luces– es que una determinada imagen y modales deba ir asociada a una credibilidad o a su cuestionamiento, limitando la libertad personal en aras de una igualdad genética impostada.

“La igualdad de género tiene que ser una igualdad vivida” Michele Bachelet.

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A la sazón, es crucial rechazar el feminismo como el monopolio legítimo de la mujer, ni de un determinado tipo de ésta; mucho menos como tema propio de ningún partido. De otro modo, cabría analizar qué ideologías han sido más efectistas para el equilibrio de género, allá donde algunos enarbolan esta como su bandera.

El feminismo de la Mujer que aspira al Estado debe partir necesariamente de una ética de procedimiento –con génesis combativa, pero jamás de enfrentamiento irritativo hacia el “otro”–. Es ahí donde se haya la fórmula y el pigmento del poder que puede ayudar al conjunto de las mujeres a avanzar sin medias tintas, o texturas que ensombrezcan la denuncia de una realidad subyacente, aunque evidente. Un poder que también compete al hombre, cuya chaqueta es aún hoy menos cuestionada y observada públicamente.

“Cuando recapacite sobre mi vida política, no quiero leer: ella hizo carrera, pero nada por las otras mujeres”. Angela Merkel

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