Asma, la rosa del desierto

Originalmente publicado en la revista de ACOP, especial Mujeres de Oriente

“Soy británica y soy árabe. No soy lo uno o lo otro. Formo parte de dos mundos”.

Nació en una isla (Londres, 1975) rodeada de agua, a pesar de llevar el desierto en la sangre. Se educó en un colegio de la Iglesia anglicana, donde prefirió ser llamada “Emma” entre sus compañeros, hasta graduarse en informática y literatura francesa por el King’s College británico. Si bien, su nombre era Asma: una joven políglota y estudiante brillante, que dominaba el inglés, el francés y el árabe. Así, el Deutsche Bank la fichó para gestionar fondos en Europa y Oriente Medio, hasta que dejó la City por el banco de inversión JP Morgan en Nueva York. Y para entonces, sólo tenía 23 años.

Apodada la “Rosa del Desierto” por la revista Vogue, Asma Al-Asad es la primera dama de Siria –casada con el presidente Bashar Al-Asad–. Sin embargo, no responde al canon de mujer siria. Occidental en las maneras y la ropa, no ha renunciado a su esencia por ser la consorte en los affairs diplomáticos. “A fin de cuentas, soy y seré la misma persona que antes de casarme”. Precisamente, la ambivalencia en su linaje es la principal apuesta de storytelling de Asma, que envuelve cuanto es y cuanto hace.

Icono de modernidad para muchos, la Lady Di siria lleva el pelo corto y mechado, viste traje, tejanos o falda –aunque vive a pocos kilómetros del Estado Islámico. No lleva niqab, aunque bien podría haberlo usado. Su familia de origen suní emigró a Gran Bretaña en los años 50 cuando su padre médico estudiaba cardiología. El apellido Fawaz al-Akhras delata su procedencia, como también los nombres de sus hermanos, Fara y Ayad. Su madre era diplomática en la embajada del Reino Unido, figura emancipada que debió marcar su imaginario sobre la condición femenina.

Sin embargo, Asma siempre tuvo cierta añoranza hacia sus orígenes. “Mi marido me devolvió algo que había perdido”. Del frío neoyorquino y de los números del banco, Asma dejó su carrera para volver al calor del desierto, tras casarse. Bashar y ella se conocieron un verano en Damasco y llevaron su relación en secreto en Londres –pues los Asad son de una facción opuesta a la suya, la alauita–. Pero con la muerte del cuñado, el heredero, regresaron a Siria para que su marido ocupase el cargo.

Su mente liberal y crianza en la democracia británica la suponían capaz de modernizar el régimen sirio –que en sus inicios tomó un cariz reformista, debido a su fuerte implicación política-. Si ella era una rosa con raíces en el desierto, al par que mujer liberada, su pueblo podía seguir su ejemplo, parecía el mantra. Por ello, paseó en tejanos por el país acercándose a los problemas de la gente. Se hizo Facebook, prohibido por el régimen sirio, y financió instituciones de caridad, programas para la educación a la infancia y promoción de los derechos femeninos.

Pero con la guerra siria, su storydoing personal no cuajó. La crudeza y los peligros de la guerra asfixiaron la voluntad de cambio y desmoronaron el relato personal de Asma. Ante los miles de muertos, hay quienes la creyeron prisionera del régimen, mientras otros afirmaban que ni se inmutaba al conocer la barbarie. Su pasión por los zapatos Loboutine y las múltiples compras son motivo de queja para los opositores, mientras ella viste de negro compartiendo el duelo de los ciudadanos y abre cajas de ayuda humanitaria junto a su marido.

Es esa la fidelidad al presidente algo incomprensible para muchos, de lo que no la perdonan. Empezó a aparecer así la decepción hacia una mujer de quien Bashar afirmaba que “cambiaría la visión que el mundo tenía de Siria, y la visión que los sirios tenían del mundo”. Si bien, la decadencia en su imagen se hizo evidente cuando Vogue retiró la famosa portada de la “La rosa del desierto”. “La dama del infierno” era el nuevo apelativo con que la apodaron a la pequeña Emma, verdadera Asma.

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